Anatomía de los CPVs y cómo usarlos bien

Uno de los primeros retos a la hora de aproximarse a un contrato desde cualquier ámbito, es el CPV. El Common Procurement Vocabulary (Vocabulario Común de Contratación) es un lenguaje numérico orientado a facilitar la comprensión por todas las partes de la naturaleza de los objetos de contratación.

Es decir, un idioma común para saber qué necesita una administración y qué puede ofrecer el mercado. Es un elemento accesorio en la relación entre las partes, dado que no deja de ser una codificación que, salvo en casos de calificación, no tiene un impacto en el proceso en sí mismo. Y sin embargo, se halla cerca del núcleo de los procesos de contratación: ni puedes comprar lo que no sabes que estás pidiendo, ni puedes vender lo que no sabes que se está comprando. El uso del CPV, sin ser crítico, posiblemente influya en los resultados de los procedimientos.

Esta es la duda que teníamos y este es el tema que hemos cogido para iniciar la colección Estudios Gobierto: análisis exclusivos para suscriptores sobre la contratación pública a partir de los datos de todos los contratos que tenemos en Gobierto Contratación. Si te interesa este, o cualquiera de los que haremos periódicamente, suscríbete al newsletter y lo recibirás en tu correo.

La necesidad de un lenguaje universal

¿Por qué es necesario un lenguaje común de contratación? Esta es la primera pregunta que se hará cualquier persona no familiarizada con la contratación, o cualquiera que esté dedicando tiempo y esfuerzo para localizar el CPV adecuado para el contrato que está preparando. Hay dos motivos principales:

  • Para atraer competencia internacional. La primera respuesta es una que hemos escuchado múltiples veces en las últimas décadas: lo exigen en Europa. La Unión Europea, en su búsqueda de potenciar un mercado único más competitivo e integrado, trata de potenciar que empresas de un país puedan participar en licitaciones de otro. Pero ¿Cómo puedes saber si en Países Bajos están buscando monos de obra si no entiendes el neerlandés? El CPV facilita que, al menos, te des cuenta de que alguien busca algo que tu ofreces sin necesidad de buscar un traductor.
  • Para “neutralizar” el lenguaje escrito. Por otro lado, incluso en el mismo idioma, hay múltiples maneras de describir en el lenguaje común a un mismo tema. Por ejemplo, una plataforma de expedientes electrónicos puede contratarse como gestor de expedientes electrónicos, plataforma de expedientes digitales, solución de tramitación digital y un número casi ilimitado de combinaciones de términos así. El lenguaje natural es maravillosamente versátil pero, en muchos casos, inconvenientemente ambiguo. Por ello es necesario un sistema que permita que, llames como llames a una plataforma de tramitación electrónica, todos sepamos a lo que nos referimos.

Esto dice la teoría, pero antes de avanzar más, vamos a ver cómo funciona un CPV.

Anatomía de un CPV

Un CPV es una estructura numérica de 9 dígitos que permite identificar prácticamente cualquier objeto de contratación en términos numéricos. Tiene una composición que, a priori, es jerárquica. Es decir, los CPVs con más ceros a la derecha son más genéricos. Cuanto más tardan en empezar esos ceros a la derecha, más específico será el CPV. Los CPVs que empiezan por los mismos números están relacionados.

En un CPV intervienen tres actores o pilares fundamentales:

  • El objeto de contratación. Esta es la primera y más evidente: lo que queremos contratar. El objeto tiene que estar correctamente definido y es el referente del que vamos a extraer el (o los ) CPV (s). Un objeto complejo o que abarca diferentes materias puede tener varios CPVs.
  • Las administraciones públicas. Las administraciones son quienes definen el CPV que van a aplicar al contrato. Hay que decir que esto requiere una parte casi artística: lógicamente la acotación de los CPVs requiere un conocimiento tanto del objeto de contratación como del idioma que constituyen los propios CPV. La función, a fin de cuentas, es identificar la necesidad que se tiene con el CPV más adecuado.
  • Las empresas o el mercado. Es la tercera pata de esta relación, dado que son las “consumidoras” del CPV. A partir de éste, deciden si les interesa concurrir. Esto significa que, por un lado, tienen que enterarse de que las administraciones buscan CPVs que les pueden interesar y, por el otro, tienen que ser capaces de identificarse a sí mismas como proveedoras de ese CPV. Si vendo herramientas de gestión de expedientes electrónicos, necesito encontrar las administraciones que lo buscan, pero también identificar cuáles son todos los CPVs que pueden usar las diferentes AAPP para referirse a esta materia.

Los retos del uso del CPV

Hasta aquí, todo claro. La Administración tiene una necesidad, identifica el CPV más adecuado para el caso, publica la licitación y las empresas lo identifican y, si les conviene, se presentan. Pero en toda esta historia hay varios puntos de fricción. Los más destacables son:

  • Objetos difícilmente aprehensibles. Pese a que el lenguaje de CPVs busca ser omnicomprensivo, esta relación no es tan perfecta o no siempre es fácilmente identificable. Materias que son relativamente nuevas, o enfoques que no son los más comunes pueden hacer que una administración tenga dudas acerca de cuál es el código más adecuado y preciso a aplicar. Por ejemplo, herramientas de Inteligencia Artificial pueden incluir enfoques tanto de software, como de consultoría, como de investigación de mercados, como de la materia de aplicación.
  • Conocimiento de la materia. En segundo lugar, hay una importante dependencia entre el uso del CPV y el conocimiento de la materia en la Administración que lo define. Es muy probable que la identificación de un CPV que aplique un municipio mediano a una obra pública no tenga la misma precisión que la que hace una gran ciudad con un departamento de urbanismo importante con técnicos especializados. El conocimiento experto de la materia permite una mayor precisión en la asignación de CPVs
  • Falta de identificación del objeto con el dominio del operador. Otra cuestión que puede ocurrir es que una administración carezca del conocimiento de cómo se autodefine el mercado de operadores sobre una materia en concreto. Si volvemos a nuestro ejemplo de expedientes electrónicos, la administración puede ir directamente a pensar en paquetes de software o en desarrollo de software según sus necesidades. Sin embargo, el mercado al que quiere llegar no es exactamente al que llegará eligiendo una de las dos opciones.
  • Autoidentificación de los operadores. Por último tenemos la capacidad de identificación que pueden tener los proveedores con un CPV en concreto. Normalmente no realizan una búsqueda directa, sino que se suscriben a servicios de alertas. Una mala identificación de los CPVs que le interesan o una mala selección por parte de los proveedores hace que, o bien se pierdan oportunidades, o bien su sistema de alertas se llene de información inútil o ruido, que empobrezca la capacidad de elección.

La eficacia y la eficiencia de los CPV

En resumen, podemos decir que la función de un CPV es que todos los operadores potencialmente interesados en un contrato reciban exactamente la información sobre el mismo sin recibir información de contratos que no sean de su interés. La cuestión es que, como hemos visto, la elección del CPV depende de la capacidad de identificar correctamente objeto y mercado, y, a la vez, no excluir a proveedores que podrían estar interesados.

Esto significa que la decisión de qué CPV utilizar se mueve en un frágil equilibrio entre ser preciso y ser amplio. Esto no es nada sencillo, dado que una opción u otra pueden tener repercusiones importantes. Por ejemplo, si vamos a encargar una cena y preguntamos qué tipo de comida queremos pedir, si nos dicen “me da igual”, hay más capacidad de elección, pero también más incertidumbre de acertar. Si, por el contrario, nos dicen “quiero comida tailandesa”, tengo menos opciones, pero es mucho más probable que nuestro invitado acabe contento. Esto sucede igual con los CPVs.

La elección del CPV, por lo tanto, está marcada por dos dimensiones.

  • Eficacia del CPV. Un CPV eficaz tiene un alcance amplio: llega a una gran cantidad de potenciales proveedores. Un CPV más bien genérico (que empieza los ceros a la derecha pronto), va a llegar a más proveedores porque es más genérico, pero es probable que acabe sepultada entre múltiples licitaciones que no sean de interés y, por lo tanto, puede pasar desapercibida o atraer a proveedores que no entran en la necesidad. Por otro lado, es una acuñación más fácil y accesible para la administración.
  • Eficiencia del CPV. Un CPV eficiente llega justamente a los proveedores a los que aspira a llegar sin apenas llegar a otros proveedores no adecuados y, en la medida de lo posible, sin dejar fuera potenciales interesados. Esto hace que la información llegue bien ordenada y sin apenas ruido. Sin embargo, requiere una mayor precisión en el uso del lenguaje de los CPVs, y por lo tanto, una mayor pericia técnica, por parte de administraciones y proveedores.

La importancia de un CPV

Y con esto llegamos a nuestra cuestión principal ¿Cuánto importa el uso de los CPVs en la contratación pública? O, mejor dicho: sí diferentes estrategias y condiciones de Administraciones, objetos y mercados generan usos diferenciados del CPV ¿Qué impacto tiene esto en los procesos de contratación? ¿Qué papel puede tener un mejor uso de los CPVs en una contratación pública más transparente y competitiva? ¿Qué habría que hacer para convertir los CPVs en ese lenguaje que nos permita configurar la contratación pública del siglo XXI?

Todo esto es lo que vamos a analizar en nuestro próximo artículo y, que tocaremos en detalle en nuestro estudio de CPVs. Si te interesa, no te pierdas el primero y suscríbete para recibir el segundo en cuanto esté disponible.

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